sábado, 30 de junio de 2018

La cumbia

La cumbia, tan argentina como la güayaba, tan nuestra como Bogotá.
Acá al principio la hicieron bien rasca, con sonidos casi ridiculos y de poca calidad. La cumbia villera, la cumbia patiyuda, la cumbia de los petizos, la de las polleras amarillas, la de los teclados guitarreros, la cumbia de los chetos del rugby.
De a poco o de a mucho fue tomando espacio, primero en la tele, después en los lugares bailables.
Hay gente que escucha esa música como única música, sonido de rayadores estridentes repetidos a la enesima potencia.
Temas tan variados como mueve la cola, se te ve la tanga, o que esta es atorranta y que se yo, pa bajo, pa bajo, pa delante y pa tras, que levante las manos el que quiera un vino en cartón y el teclado turro con voz poco astuta y vibrato de bending en la última nota.
El baile como de arriba las manos y coreografía de comunidad poco avanzada, para nada sensual. Y ahora hipters o como mierda se llamen para diferenciarse o hacerse los sofisticados escuchan cumbia peruana o chicha.
Los programas con las minas en tanga sarandeando el tajo y el humor de estudiantina donde hay uno que se hace pasar por mujer y gente que se postula para ocupar cargos bailando y sacándose la ropa, es obvio que en el combo tiene que entrar lo más berreta y cavernario.
La cumbia tiene gusto a tretra brik, imagen colorinche, sonido molesto cuando alguien la escucha en el auto de al lado, a mi gusto no tiene nada interesante y para muestra sobra un botón.





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